Cae la verja: cómo Sánchez, Picardo y compañía ganaron la guerra de posiciones de Gibraltar

Por Mark Eliot Montegriffo

Lo más terrible se aprende enseguida
Y lo hermoso nos cuesta la vida,
Silvio Rodríguez

El miércoles pasado, el 15 de julio 2026, a las doce de la noche, estaba en la frontera. No hacía falta ser guionista de La Casa del Dragón o de Juego de Tronos para sentir la escena: un muro cayendo, una multitud esperando al otro lado, banderas ondeando bajo los focos. Decenas de personas con lágrimas de alegría cruzaron el paso fronterizo sin enseñar el pasaporte por primera vez en generaciones, marcando un momento histórico y catártico. Fabián Picardo, ministro principal de Gibraltar, soltó una frase que ya es titular: «Europa ha vuelto». 

Pedro Sánchez, quien llegó a la frontera a las doce del mediodía, prefirió la metáfora médica: «las fronteras son las cicatrices de la historia», repitiendo también lo que ha dicho el Ministro Albares que «cae el último muro de Europa continental». Un muro, añadió, «es la decisión de mantener esa herida abierta». Antes de concluir con un mensaje de ánimo a la Roja, Sánchez declaró que “el Campo de Gibraltar se reconcilia con su auténtico destino: ser puente y no barrera. Ser horizonte y no frontera. Ser dueño y nunca más víctima de la historia».  

Cuatro días después, mientras escribo esto, España acaba de ganar su segundo Mundial tras 106 minutos de asedio a una Argentina que se cerró en banda con diez hombres sobre el campo. Y hace un par de horas, Andy Burnham pronunció su primer discurso como primer ministro británico desde el número 10 de Downing Street, proclamando que “convertiremos este momento en un punto de inflexión para Gran Bretaña, impulsando los mayores cambios de los últimos cuarenta años”. Todo esto en el mismo día que La Línea de la Concepción celebra su aniversario como ciudad. Cuatro acontecimientos, un mismo fin de semana, y ni un solo comunicador político en toda Europa debería dejar pasar la coincidencia sin analizarla.

La gramática de la reconciliación

Al corazón del amigo
Abre la muralla
Al veneno y al puñal
Cierra la muralla.
Nicolás Guillén

Gramsci acertó al decir que la hegemonía no se impone, se construye: se gana cuando el relato de un grupo se convierte en sentido común compartido, aceptado incluso por quienes no lo pensaron primero. Esta semana, viendo a Sánchez, Albares, Picardo y el alcalde de La Línea, Juan Franco, hablando prácticamente al unísono, presencié un ejercicio de libro sobre construcción de hegemonía discursiva. Pero no todos cantan la misma partitura con el mismo tono.

Albares es el estadista par excellence del grupo. En Bruselas, tras la firma, respondió a las críticas del PP y Vox con una frase de manual de comunicación política: «aunque ellos no lo sepan, ellos también han ganado». Su argumento es deliberadamente desideologizado: no pide a nadie que abrace la reconciliación por convicción, sino que constate el beneficio material, la «prosperidad compartida para los 300.000 andaluces del Campo de Gibraltar”, la fluidez de una frontera al estilo Schengen que «solo puede redundar en beneficio de España». Y sin embargo, en la misma rueda de prensa, se cuidó mucho de dejar intacto el otro pilar de su discurso: «España no cambia una coma en su reclamación de soberanía».

Es una pieza de comunicación extraordinariamente hábil, porque logra dos cosas que normalmente se excluyen mutuamente: vender la apertura como éxito económico, sin ceder ni un milímetro en el terreno simbólico e identitario donde PP y Vox necesitan encontrar una grieta para atacar. Vocabulario cuidadosamente neutro en temas ideológicos, pensado para posicionar a España como líder europeo sin incomodar a nadie en Reino Unido, que está en su propio proceso de reconciliación con la UE. 

Picardo, en cambio, se permite un registro auténticamente gibraltareño que ningún diplomático europeo se atrevería a firmar. Tras el acto, ante los periodistas, propuso llevarse las viejas vallas franquistas a la tumba del dictador y «ponerlas encima de Franco», para asegurarse de que «nunca se levanta ni él ni nadie como él». Tuvo el cuidado, eso sí, de distinguir entre la Verja histórica, levantada en 1909, y las estructuras añadidas tras el cierre decretado por el dictador en 1969, las que de verdad quería ver enterradas. Es un contraste de manual dentro del mismo bloque discursivo: el ministro de Exteriores construye consenso institucional; el líder gibraltareño, con menos que perder en Madrid y después de haber sido el primer ministro de Gibraltar por 15 años, se permite el golpe de efecto.

Españoles…Franco

Viva una Europa moderna, Viva la democracia
Podréis engañar a el mundo, pero aquí nadie se lo traga.
Adrian Pisarello

Y aquí llega el detalle que ningún guionista se atrevería a inventar: el alcalde que preside la reconciliación se apellida Franco. Juan Franco, líder de La Línea 100×100, recuerda perfectamente cómo su tocayo, el dictador, cerró esta misma frontera en 1969 y la mantuvo sellada durante más de una década. Aquella política condenó a la comarca a la pobreza, dividió a las familias transfronterizas y estranguló al pueblo gibraltareño con el fin último de forzar su conversión a la soberanía española.

Los años de frontera cerrada no consiguieron la rendición a la rojigualda, sino algo más duradero: una herida psicológica que convirtió a esas generaciones llanitas en las más escépticas ante cualquier gesto de buena voluntad del Estado español, por sincero que este parezca hoy. Que sea un Franco quien ahora reclama vivienda, pensiones e infraestructuras para una comarca históricamente ignorada por Madrid no es solo ironía histórica. Es, en términos gramscianos, la recuperación simbólica de un nombre secuestrado por la dictadura, devuelto ahora al servicio de la gente corriente del Campo de Gibraltar. 

La resistencia: quien no canta la misma canción

Lo niego todo

Aquellos polvos y estos lodos

Lo niego todo

Incluso la verdad.

Joaquín Sabina

Toda hegemonía tiene su contrahegemonía, y el PP y Vox no han tardado en ofrecer la suya. Génova calificó la aplicación del acuerdo de «fraude» por falta de aprobación parlamentaria. Vox fue más lejos: «infame», «una traición a España», con Sánchez convertido en «tirano» en boca de su portavoz. Es la otra cara de la misma guerra de posiciones: mientras el Gobierno construye un relato de sanación, la derecha y la extrema derecha insisten en mantener viva la herida, en términos casi idénticos a los que usaba el propio Sánchez, solo que invertidos. Donde él ve cicatriz cerrada, ellos ven rendición. 

Y sin embargo, el propio Juanma Moreno, presentado por Sánchez y Albares como el único barón del PP dispuesto a sumarse al relato de la reconciliación, firmó apenas unos días antes su pacto de gobierno con Vox, un acuerdo que compromete la derogación de la Ley andaluza de Memoria Histórica. Al día siguiente de firmarlo, Moreno presidió el homenaje institucional a Blas Infante, el padre del andalucismo fusilado por los franquistas y cuya fosa, noventa años después, sigue sin encontrarse, precisamente por la falta de voluntad política que esa ley trataba de corregir. Reconciliarse con Gibraltar mientras se archiva la reconciliación con las propias fosas de Andalucía no es solo contradictorio: es la prueba de que el relato de la concordia, cuando conviene, tiene fronteras muy selectivas. 

El contraste, para cualquier analista de comunicación política, es de manual: dos bandos usando exactamente el mismo campo semántico (herida, traición, soberanía) para construir mensajes opuestos. Ni siquiera el presidente de la Junta de Andalucía, Juanma Moreno, del PP, quiso sumarse al frente crítico de su propio partido, lo que Moncloa no dudó en explotar públicamente. Cuando tu propio barón territorial rompe la disciplina de mensaje, has perdido la batalla discursiva antes de empezarla.

El anhelo como forma política

Tiempo detente
Que es tan grande el consuelo
Que mi alma siente
Que duren mis anhelos eternamente.
José G. de Quevedo

El domingo, un día antes del aniversario de La Línea, asistí a una misa rociera en la ciudad que actúa como telonero tradicional de su feria fronteriza. La imagen del Rocío, la Blanca Paloma, avanza cada año por caminos de arena hacia Almonte, entre cánticos y polvo, en una peregrinación que no busca llegar rápido sino sostener el anhelo del camino. Me pareció, de pie entre los linenses aquella mañana, una metáfora perfecta e involuntaria de lo que ha sido esta comarca durante décadas: gente caminando hacia una resolución que tardaba generaciones en llegar, sosteniendo la fe en que el camino, algún día, terminaría en algo parecido a la reconciliación.

Ese mismo anhelo estructural conecta con otro hilo de este fin de semana insólito. Dentro de un par de horas, Burnham hablará desde Downing Street tras años reivindicando que Westminster devuelva poder a las regiones olvidadas del Reino Unido. Guardando las distancias evidentes, es difícil no pensar en Blas Infante, el padre del andalucismo (y, por cierto, antepasado mío), que un siglo antes defendió que Andalucía dejara de ser la periferia empobrecida de un Estado centralista en Madrid. Burnham e Infante obviamente nunca se habrían conocido, pero comparten la misma intuición política: que la dignidad de una región no depende de la capital, sino de que la capital finalmente escuche.

Fútbol como catarsis, frontera como catarsis

Saminaminá eh eh
Waka waka eh eh.
Shakira

Y luego está el fútbol, que en España nunca es solo fútbol. Anoche, España necesitó 106 minutos, una prórroga entera, para penetrar el muro defensivo de una Argentina reducida a diez jugadores. Ferrán Torres marcó el gol que desató la fiesta. No hace falta ser Zizek para notar que el guión es el mismo que el de la Verja: una barrera que parece infranqueable, una presión sostenida durante años (o, en este caso, minutos) y una liberación colectiva y catártica cuando finalmente cede. España lleva diez años de negociación desde el referéndum del Brexit; Argentina aguantó con uno menos hasta el minuto 106. La paciencia, al final, ganó ambos partidos.

Conclusión: la política también se juega en el relato

What’s the story, morning glory?
Need a little time to wake up.
Oasis

Lo ocurrido esta semana en el Campo de Gibraltar no es solamente un tratado internacional. Es un caso de estudio sobre cómo se construye, se disputa y se defiende una narrativa política compartida entre gobiernos que rara vez se ponen de acuerdo en nada, incluso cuando cada uno la canta con su propio acento: el técnico de Albares, el visceral de Picardo, el reivindicativo de Juan Franco. Mientras tanto, PP y Vox intentaban, con fortuna desigual, imponer el relato contrario.

La comunicación política no es un adorno (ni un Theodor Adorno) de la política real: es donde la política real se libra. Esta semana, en la Verja y en el discurso que Burnham está a punto de pronunciar desde Downing Street, ganó el bando que mejor supo contar su historia en el contexto del presente, que es la frontera del futuro (osea, metafóricamente). Que dure la convivencia lo que dure el relato que la sostiene.

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